—Qué quiere usted, los tiempos son duros.
—Vaya si lo son,—afirmó con voz de gendarme la mujer de Rabot.
Como vivía en una aldea vecina, el cura no la conocía más que de nombre.
—¿Es usted la Blondel?—preguntó el sacerdote.
—Yo soy, para servir á usted.
Rabot, tímido y satisfecho, saludó sonriendo, inclinando exageradamente la cabeza hacia delante como si quisiese decir: «Y yo soy Rabot, el que se casó con la Blondel».
De pronto, Belhomme, que seguía con el pañuelo aplicado á la oreja, empezó á gemir de modo lamentable. Y golpeando el suelo de la diligencia con el pie, decía ñau, ñau, expresando así su espantoso sufrimiento.
—¿Le duelen á usted las muelas?—preguntó el cura.
El labrador, dejando de quejarse un instante, respondió:
—No, señor cura; no son las muelas, es el oído, en el fondo del oído...