—¿Y qué es lo que tiene en el oído? ¿un tumor?

—No sé si es un tumor, pero sé que es un bicho, un bicho muy grande que se me metió dentro cuando dormía en el granero...

—¡Un bicho! ¿Está usted seguro?

—¿Si estoy seguro? Como del Paraíso, señor cura, pues me roe el fondo del oído. Y se me comerá la cabeza, se me comerá la cabeza... ¡Ah!... ñau, ñau.—Y empezó de nuevo á patear.

Todos escuchaban profundamente interesados.

Y cada uno daba su opinión. Poiret pretendía que debía ser una araña, el maestro una oruga, pues en el Orne, en Champemuret donde había estado seis años, ocurrió un caso parecido, y la oruga, que había entrado por el oído, salió por la nariz, pero el hombre se quedó sordo porque el bicho le taladró el tímpano.

—Eso debe ser un gusano,—afirmó el cura.

Belhomme, con la cabeza inclinada y apoyado el codo en la portezuela, pues era el último que había subido, seguía gimiendo:

—¡Oh! ñau, ñau, ñau... yo juraría que es una hormiga, una hormiga muy grande... me muerde horriblemente. Mire usted, señor cura... ¡Oh! ñau, ñau, ñau... es tremendo...

—¿Ha visto al médico?—preguntó Ganiveau.