—No.
—¿Y por qué?
El temor al médico pareció curar á Belhomme quien, sin quitarse el pañuelo de la oreja, se irguió.
—¡Por qué, por qué! ¿Crees que tengo el dinero para dárselo á ese gandul? Hubiera venido una vez, dos, tres, cuatro, cinco... y hubiera tenido que darle dos escudos de á veinte, lo menos dos escudos de á veinte; y dime ¿qué me hubiera hecho ese gandul, qué me hubiera hecho?... ¿Lo sabes?
Caniveau se reía.
—No, no lo sé, pero ¿á donde vas así?
—Al Havre, á ver á Chambrelán.
—¿Qué Chambrelán?
—El curandero.
—¿El curandero?