Y Caniveau, colocándose las manos junto á la boca á manera de bocina, empezó á imitar los ladridos de los perros de caza. Y al oírle, todos soltaron el trapo á reir, hasta el maestro que nunca se reía.
Pero como Belhomme parecía enfadarse y tomar á mal la broma, el cura, dirigiéndose á la mujer de Rabot, cambió la conversación.
—¿Tienen ustedes mucha familia?—preguntó.
—¡Oh! Sí, señor cura, y se sufre mucho para criarla.
Rabot inclinó la cabeza como queriendo decir: «¡Oh! sí, y se sufre mucho para criarla».
—¿Cuántos hijos?
—Dieciséis, señor cura, dieciséis...
Rabot se puso á reir y saludó. Tenía dieciséis hijos, y ¡qué diablo! estaba orgulloso.
Pero Belhomme renovó sus gemidos.
—¡Oh! ñau, ñau...! ¡cómo muerde, cómo muerde!...