Y como todos rieron, repuso: «Cuando lleguemos al café de Bourbeaux, date un poco de aguardiente triple y te juro que no se moverá más».
Pero el dolor era tan fuerte que Belhomme no podía soportarlo y empezó á chillar como si le arrancasen el alma. El cura se vió obligado á sostenerle la cabeza, y rogaron á Cesáreo Horlaville que se detuviese en cuanto encontrase una casa.
Así lo hizo frente á una alquería que se alzaba junto al camino, y allí transportaron á Belhomme al que extendieron sobre la mesa de la cocina para reanudar la operación. Caniveau insistía aconsejando se mezclase aguardiente al agua á fin dé dormir al bicho matándolo tal vez, pero el cura prefirió el vinagre.
Está vez vertieron el líquido gota á gota, con objeto de que penetrase hasta el fondo, y luego le dejaron algunos minutos en el órgano habitado.
Una jofaina estaba preparada también, y el cura y Caniveau, esos dos colosos, volvieron á Belhomme, mientras el maestro daba golpecitos en el lado sano á fin de que el otro se vaciase completamente.
El mismo Cesáreo Horlaville, con el látigo en la mano, había entrado para presenciar la operación.
Y de pronto advirtieron un puntito negro, no más grande que una semilla de cebolla, en el fondo de la jofaina. Y sin embargo se movía. ¡Era una pulga! Primero se oyeron gritos de asombro y luego sonoras carcajadas... ¡Una pulga! Valiente cosa... Caniveau se daba tremendas manotadas en los muslos, el cochero hacía chasquear el látigo, el cura reventaba, abriendo las quijadas como cuando los asnos rebuznan, el maestro como cuando se estornuda, y las mujeres daban gritos de alegría muy parecidos al cacareo de las gallinas.
Belhomme, sentado en la mesa y con la jofaina en las rodillas, contemplaba atentamente, y con justa cólera, al menudo bicho que se agitaba en la gota de agua.
Y diciendo: «Maldita seas», la escupió.
El cochero, loco de alegría, no hacía más que repetir «Era una pulga, una pulga... maldita pulga».