El cochero, encantado de que Belhomme se viese obligado á desembolsar tres francos setenta y cinco, contestó: «Aceptado».
—Entonces paga.
—No pagaré: el cura no es médico...
—Si no pagas, te meto en el coche de Cesáreo y con nosotros vienes hasta el Havre.
Y el coloso, cogiendo á Belhomme por la cintura, le levantó, como hubiera podido levantar á un niño.
El otro se convenció de que era preciso ceder y, sacando la bolsa, pagó.
La diligencia se puso de nuevo en marcha dirigiéndose al Havre mientras Belhomme volvía á Criquetot; y los viajeros, que parecían haber enmudecido, contemplaban en la blanca carretera la blusa azul del labrador que sobre sus largas piernas se balanceaba.
EL COLLAR
Era una de esas muchachas encantadoras que, como por error del destino, había nacido en el seno de una familia de empleados. No tenía dote ni esperanzas de tenerla, y por lo mismo no podía brillar, darse á conocer, hacer que la comprendiesen y la quisiesen, ni casarse con un hombre rico y distinguido. Y así fué que aceptó por marido á un modesto empleado en el ministerio de Instrucción pública.
No pudiendo ser elegante tuvo que conformarse con ser sencilla, pero fué desgraciada, pues las mujeres no pertenecen á ninguna casta ni á ninguna raza, y su gracia y sus encantos les sirven de timbres de nacimiento y de familia. La finura nativa, el instinto de elegancia y la flexibilidad de la inteligencia, constituyen su jerarquía, y estas condiciones colocan en la misma línea á las mujeres del pueblo y á las grandes señoras.