Sintiéndose capaz para todas las delicadezas y todos los lujos, sufría incesantemente, y todo la hacía sufrir: la pobreza de su casa, la miserable desnudez de las paredes, la sillas viejas y las raídas cortinas. Todas estas cosas, por las que cualquiera otra mujer de su clase ni siquiera se hubiese preocupado, la torturaban y la indignaban. La presencia de la bretona que le servía de criada despertaba en ella pesares desolados y sueños extraños, y soñaba con las mudas antesalas cubiertas con ricos tapices de oriente y alumbradas por grandes lámparas de bronce, y con que veía durmiendo en amplias butacas á dos lacayos con calzón corto. Pensaba en vastos salones vestidos con sedas antiguas, adornados con muebles de estilo sobre los que se pareciesen inestimables figulinas; y en saloncitos coquetones discretamente perfumados y expresamente arreglados para conversar con amigos íntimos, hombres conocidos y diputados, esos hombres cuyas atenciones envidian y desean todas las mujeres.

Cuando á la hora de comer se sentaba á la redonda mesa cubierta con manteles que servían tres días, y veía en frente á su marido, quien al destapar la sopera decía satisfecho: «¡Ah! ¡El rico cocido! No hay nada mejor...», soñaba con las comidas servidas en relucientes vajillas de plata, en comedores con las paredes cubiertas con tapices llenos de personajes antiguos y extraños pájaros que revoloteaban por bosques de hadas; y soñaba también con manjares exquisitos servidos en fuentes maravillosas, con las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, teniendo delante la rosada carne de una trucha y las blancas pechugas de gallina.

Pero no tenía trajes, no tenía joyas, no tenía nada; y lo peor era que sólo la interesaban estas cosas ¡tanto se creía nacida para ellas! ¡La hubiera complacido sobremanera gustar, ser envidiada y que su presencia fuese siempre deseada!...

Tenía una amiga rica, una compañera de colegio á la cual no quería visitar porque luego sufría mucho; y pasaba días enteros llorando amargamente de pena, de desesperación y de angustia.

Ahora bien, una tarde, su marido volvió de la oficina radiante y satisfecho, y le entregó un sobre bastante grande.

—Toma,—la dijo.—Ahí dentro hay algo para ti.

Rasgado el sobre, de él sacó una tarjeta impresa que decía:

«El ministro de Instrucción pública y su esposa, ruegan á los señores Loisel que les concedan el honor de pasar con ellos, en el hotel del Ministerio, la velada del lunes 18 de enero».

En vez de verla contenta, como su marido esperaba, arrojó con despecho la invitación sobre la mesa y murmuró:

—¿Y qué quieres que haga con esto?