—Querida mía, yo me figuraba que te alegrarías. No sales casi nunca, y ésta es una ocasión única. Mucho me ha costado conseguir esta invitación, pues son muchos los que quieren y no pueden ir á esta fiesta. Se invita á contados empleados, y en el Ministerio estará todo el mundo oficial.

Ella le miraba descompuesta, y no pudiendo contener su impaciencia exclamó:

—¿Y qué quieres que me ponga? No tengo nada...

El infeliz, que ni siquiera había pensado en semejante cosa, balbució:

—Pues... el traje que llevas para ir al teatro... Me parece que está muy bien...

Y viendo llorar á su mujer se calló, estupefacto y sin saber lo que le pasaba. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió murmurar:

—Pero ¿qué tienes? ¿qué te pasa?

Ella, dominando su pena y enjugándose las mejillas que las lágrimas habían humedecido, respondió con voz tranquila:

—Nada, pero como no tengo traje, no puedo ir á esa fiesta. Más vale ceder la tarjeta á un compañero cuya mujer esté mejor vestida que yo.

El pobre estaba desolado.