—Veamos, veamos, Matilde: ¿cuánto puede costar un traje elegante y adecuado para la circunstancia, un traje que pueda servirte en otras ocasiones?

Quedóse reflexionando durante unos segundos, haciendo cuentas y cálculos, pensando en la cantidad que podía pedir sin provocar una negativa inmediata y una exclamación de desagrado, y al fin, vacilando, respondió:

—Exactamente no puedo decirlo, pero creo que con cuatrocientos francos me podría arreglar.

Él palideció un poco, pues precisamente tenía guardada esa suma para comprarse una escopeta y salir los domingos con sus amigos á cazar alondras en los llanos de Nanterre.

Con todo, la dijo:

—Bueno, pues te doy los cuatrocientos francos y sólo te recomiendo que el traje sea hermoso.

Se acercaba el día de la fiesta, y la esposa de Loisel parecía triste, inquieta y ansiosa. Y como su traje estaba dispuesto, su marido preguntó:

—¿Te ocurre algo? Desde hace tres días no pareces la misma.

—Me contraría no tener ni una joya, ni una piedra que ponerme: contestó Matilde.—Pareceré una miserable, y creo que sería preferible no ir á la fiesta.

—Ponte flores naturales. En esta estación no hay nada más elegante, y por diez francos podrás encontrar dos ó tres rosas magníficas.