Matilde no estaba convencida ni mucho menos.

—No... nada más humillante que parecer pobre entre mujeres ricas—replicó; y seguramente se disponía á completar su pensamiento, cuando su marido la interrumpió para decir:

—¡Qué tonta eres! Vete á casa de tu amiga, la señora de Forestier, y pídele que te preste algunas joyas. Sois bastante amigas para que te niegue este favor.

Matilde, sin poder contener un grito de alegría, dijo:

—Es cierto; ni siquiera se me había ocurrido.

Y al día siguiente se dirigió á casa de su amiga y le contó sus cuitas.

La señora de Forestier, en vez de contestar, abrió su armario de luna, sacó un cofrecito bastante grande, y colocándole delante de su amiga, la dijo:

—Escoge.

Matilde pasó revista á las pulseras, á un collar de perlas, á una cruz veneciana, de oro y pedrería, de un trabajo admirable, y poniéndose los aderezos ante el espejo, y sin poder decidirse á quitárselos, preguntaba:

—¿No tienes más?