—Sí, sí, busca. Yo no sé lo que puede gustarte.
Y siguió buscando hasta encontrar, en un estuche de raso negro, un soberbio collar de brillantes. Su corazón empezó á latir con inmoderado deseo, y al tomarlo, sus manos temblaron. Se lo colocó alrededor de su cuello y se extasió ante sí misma.
Luego, vacilante y llena de angustia, preguntó:
—¿Puedes prestarme esto, nada más que esto?
—Pues ya lo creo.
Matilde se arrojó en brazos de su amiga, la besó con arrebato, y luego se fué con su tesoro.
Llegó por fin el día de la fiesta y el triunfo de Matilde fué grande, inmenso. Entre todas, era la más linda, la más elegante, la más graciosa, y, loca de alegría, no dejaba de sonreír un momento. Todos los hombres la miraban, todos preguntaban quién era, querían serle presentados, y no tan sólo los altos funcionarios quisieron bailar con ella, sino que llamó la atención al mismo ministro.
Y ella bailaba con embriaguez, con arrebato, trastornada por el gozo que sentía y sin pensar en otra cosa que en el triunfo de su belleza, en la gloria de su éxito, y sintiéndose rodeada por una especie de nube de felicidad formada con todos los homenajes, todas las admiraciones y todos los deseos despertados con aquella victoria tan completa y agradable para una mujer.
Abandonó los salones á las cuatro de la mañana. Su marido había estado durmiéndose en un saloncito, con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían de lo lindo.
Colocó sobre sus hombros el abrigo que para la salida había llevado, modesto abrigo propio de su clase y cuya pobreza se daba de bofetadas con la elegancia de su traje de baile, y como ella lo sabía, para que las otras mujeres que se cubrían con ricas pieles no se fijasen en ella, quiso huir.