Loisel la retenía diciéndole:

—Espera, hija mía, espera que vas á enfriarte. Voy á llamar un coche.

Pero ella no le escuchaba y bajaba rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle no encontraron ni un mal coche de punto, y echaron á andar dando voces á cuantos cocheros pasaban á lo lejos.

Desesperados y tiritando llegaron hasta el Sena. Por fin, en los muelles encontraron un carricoche viejo, uno de esos vehículos noctámbulos que en París únicamente se ven por la noche como si su miseria les avergonzase durante el día.

En él fueron hasta su casa. Vivían en la calle de los Mártires, y subieron la escalera tristemente. Para ella todo había terminado, y él, él pensaba que tenía que estar en la oficina á las diez.

Ante el espejo, Matilde se quitó el abrigo que la envolvía, para verse todavía una vez, y un grito de angustia se ahogó en su garganta.

No llevaba el collar.

Su marido, ya casi desnudo, preguntó.

—¿Qué tienes?

Ella, medio loca, se volvió hacia él.