—Que... que... que no tengo el collar de la señora de Forestier.
Completamente trastornado el marido se puso en pie.
—¡Qué dices!—exclamó.—¡No, no es posible!
Y buscaron por los pliegues del traje, por los del abrigo, por los bolsillos, por todas partes, sin poderlo encontrar.
Entonces él murmuró:
—¿Estás segura de que al salir del baile lo llevabas?
—Sí, lo he tocado en el vestíbulo del ministerio.
—Pero si lo hubieses perdido por la calle, lo hubiéramos oído caer. Se te habrá caído en el coche.
—Es probable. ¿Sabes el número?
—No. Y tú, ¿no lo has mirado?