Había encontrado á algunos amigos de su familia, gente de ideas rancias y de escasa fortuna también, que vivían en calles nobles, las calles tristes del faubourg Saint Germain, y con ellas se había formado un círculo de relaciones.

Extraños completamente á la vida moderna, humildes y orgullosos, aquellos aristócratas necesitados ocupaban los cuartos altos de las dormidas casas. Los inquilinos todos de aquellas moradas ostentaban títulos, pero el dinero era tan raro en el primer piso como en el sexto.

Los eternos prejuicios, la preocupación del rango y el cuidado de figurar, constituían la obsesión de aquellas familias, grandes en otros tiempos y arruinadas entonces por la inacción de los hombres. En esta sociedad, Héctor de Gribelin encontró á una joven tan noble y tan pobre como él, y con ella se casó.

Y en cuatro años tuvieron dos hijos.

Durante cuatro años, aquel hogar perseguido por la miseria no conoció más distracciones que el paseo por los Campos Elíseos los domingos y algunas noches de teatro, dos ó tres cada invierno, gracias á billetes de favor que un compañero de oficina ofrecía al jefe de la familia.

Pero, he aquí que al llegar la primavera el jefe confió un trabajo extraordinario á su empleado y éste recibió trescientos francos de gratificación.

Al llegar á su casa dijo á su mujer:

—Querida Enriqueta, tenemos que celebrar esto con una gira. Á los niños les sentará muy bien.

Y después de larga discusión se decidió que irían á almorzar al campo.

—Á fe mía—exclamaba Héctor—una vez es una vez. Tomaremos un coche para ti, los niños y la criada, y yo alquilaré un caballo en el picadero. Eso me sentará admirablemente.