Y durante la semana no se habló más que de la proyectada excursión.

Todas las noches, cuando volvía de la oficina, Héctor cogía á su hijo mayor, le montaba á horcajadas en sus piernas y, haciéndole saltar, le decía:

—Así galopará papá el domingo próximo en el paseo.

Y el chiquillo se pasaba los días montado en las sillas, arrastrándolas por las habitaciones, y gritando:

—Papá... tatá...

La criada miraba con asombro á su amo pensando que seguiría el coche á caballo, y durante las comidas oía hablar de equitación, enterándose de las hazañas por él realizadas en otros tiempos en casa de su padre. ¡Oh! Se había educado en buena escuela, y una vez que le hubiese sentado los pantalones al bruto no temía nada.

Y frotándose las manos repetía constantemente á su mujer:

—Si me diesen un animal algo difícil, estaría contentísimo. Ya verás cómo monto, y si quieres, volveremos por los Campos Elíseos, á la hora del regreso del Bosque. Como estaremos muy bien, no me disgustaría que encontrásemos á alguien del ministerio. No se necesita más para hacerse respetar por los jefes.

El día convenido, carruaje y caballo llegaron á un tiempo ante la puerta. Héctor bajó en seguida para examinar su montura. Se había hecho coser trabillas á su pantalón, y manejaba un látigo que había comprado la víspera.

Levantó y palpó las cuatro patas del bruto, le tocó el cuello, los riñones, le abrió la boca para examinar sus dientes, y como toda la familia había bajado, les dió una lección teórico práctica con respecto al caballo en general, y en particular con respecto al que iba á montar, calificándole de excelente.