Luego se levantó, acercóse á los franceses, cogió á Morissot por un brazo, y llevándosele á parte, le dijo con voz muy baja:

—Pronto, el santo y seña. Su compañero no sabrá nada y yo fingiré que me enternezco.

Morissot no contestó.

Entonces el prusiano se dirigió á Sauvage y le hizo la misma pregunta.

Sauvage permaneció callado también.

Los dos amigos se encontraron uno junto á otro.

El oficial dió órdenes y los soldados levantaron las armas.

Entonces los ojos de Morissot se fijaron casualmente en la red llena de pescados que sobre la hierba estaba á pocos pasos.

Un rayo de sol hacía brillar las escamas que aun se agitaban, y se sintió desfallecer. Á pesar de sus esfuerzos, sus ojos se llenaron de lágrimas y sólo pudo balbucir:

—Adiós, amigo Sauvage.