—Adiós, amigo Morissot,—contestó el otro.
Y sacudidos de pies á cabeza por invencibles temblores se estrecharon la mano.
El oficial grito: «¡Fuego!».
Y doce disparos que semejaron una sola detonación, rompieron el silencio que reinaba en la isla.
Sauvage cayó de cara. Morissot, que era mucho más alto, osciló, giró sobre sus talones y se desplomó sobre su compañero, con los ojos abiertos como si mirase al cielo, mientras de su agujereado pecho salían chorros de sangre.
El alemán dió nuevas órdenes y sus hombres se dispersaron para volver al poco rato trayendo cuerdas y piedras que ataron á los pies de los muertos. Luego los llevaron hasta la orilla.
Dos soldados cogieron á Morissot, uno por la cabeza, otro por los pies, y otros dos hicieron lo mismo con Sauvage. Los cuerpos, balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados lejos, describieron una curva, y se hundieron de pie en el río.
El agua se agitó, burbujeó, se calmó luego, mientras pequeñas ondas se acercaban á las orillas.
En el río flotaba un poco de sangre.
El oficial, siempre sereno, dijo á media voz: