Estábamos en el comedor de una fonda de Barbizón, y mi interlocutor repuso:

«Aquella noche habíamos comido en casa del pobre Soireul, muerto hoy, que era el más loco de todos nosotros. No éramos más que tres: Soireul, yo, y, si no recuerdo mal, Poittevin, pero en absoluto no me atrevo á afirmar que fuese él. Claro está que me refiero al pintor de marinas, Eugenio de Poittevin, muerto también, y no al paisajista que aún vive y derrocha talento.

«Decir que habíamos comido en casa de Soireul significa que todos estábamos borrachos: el único que se encontraba en su sano juicio era Poittevin, que aunque estaba á media vela, todavía podía razonar con claridad. Entonces éramos jóvenes. En el saloncito contiguo al estudio nos habíamos tendido sobre las alfombras y hablábamos de cosas extravagantes. Soireul, tendido boca arriba y con las piernas puestas sobre una silla, hablaba de batallas, discurría sobre los uniformes del Imperio, y, levantándose repentinamente, sacó de un armario un uniforme de húsar y se lo puso. Luego obligó á Poittevin á que se vistiese de granadero, y como éste se resistiese, le sujetamos entre todos, y después de haberle desnudado le metimos dentro de un uniforme inmenso.

«Yo me disfracé de coracero, y Soireul nos hizo ejecutar movimientos complicadísimos. De pronto exclamó: «Ya que esta noche somos soldados, bebamos como tales».

«Se preparó un ponche, y la llama del ron se elevó por encima de la enorme taza. Y cantábamos canciones antiguas, esas canciones que en otros tiempos entonaban las tropas del primer emperador.

«De pronto, Poittevin, que á pesar de todo seguía siendo dueño de sí mismo, nos obligó á callar, y después de algunos segundos de silencio dijo en voz baja: «Estoy seguro de que en el estudio hay alguien». Soireul se incorporó como pudo y exclamó: «¡Un ladrón! ¡Qué suerte!». Luego se puso á cantar la Marsellesa, y precipitándose hacia una panoplia nos equipó conforme correspondía á nuestros uniformes. Á mí me correspondió una especie de mosquete y un sable: á Poittevin un fusil enorme con su correspondiente bayoneta, y Soireul, no encontrando lo que necesitaba, se armó con una pistola de arzón que se colgó al cinto y con un hacha de abordaje que blandió en la diestra. Abrió luego con sigilo la puerta del estudio, y todo el ejército penetró en el territorio sospechoso.

«Cuando llegamos al centro del estudio, completamente lleno de lienzos enormes, muebles y objetos extraños, Soireul nos dijo: «Yo me nombro general, y vamos á reunimos en consejo de guerra. Tú, los coraceros, cortarás la retirada al enemigo, ó lo que es lo mismo, darás doble vuelta á la llave de la puerta. Tú, los granaderos, me servirás de escolta.

«Ejecuté la orden recibida y luego me reuní al grueso del ejército que operaba un reconocimiento.

«En el preciso momento en que iba á alcanzarlo, espantoso ruido se oyó detrás de un biombo. Y allí me precipité con la bujía en la mano. Poittevin acababa de atravesar con su bayoneta el pecho de un maniquí cuya cabeza Soireul deshacía á hachazos. Reconocido el error, el general dijo: «Seamos prudentes» y se reanudaron las operaciones.

«Lo menos durante veinte minutos estuvimos registrando todos los rincones del estudio, sin obtener ningún resultado, cuando Poittevin tuvo la idea de abrir un armario inmenso. Era obscuro y profundo; yo avancé el brazo que sostenía la luz. Retrocedí estupefacto: allí dentro había un hombre, y el hombre aquel me había mirado.