«Inmediatamente cerré el armario con llave y nuevamente nos reunimos en consejo.

«Las opiniones fueron distintas. Soireul quería quemar al ladrón; Poittevin propuso rendirlo por hambre, y yo inicié la idea de volar con pólvora el armario.

«La opinión de Poittevin prevaleció, y mientras montaba la guardia, fuimos á buscar el ponche que había sobrado y nuestras pipas. Luego nos instalamos frente al armario y bebimos á la salud del prisionero.

«Media hora después Soireul dijo: «Creo que me gustaría verle de cerca... ¿si nos apoderásemos de él por la fuerza?»

«Yo grité «bravo» y, tomando las armas, abrimos el armario. Soireul, armado con su pistola, que estaba descargada, se precipitó el primero, y todos le seguimos.

«Se trabó una lucha espantosa, y después de cinco minutos de inverosímil pelea en la obscuridad, sacamos á la luz á algo así como un bandido viejo, de pelo blanco, sórdido y harapiento.

«Le atamos de pies y manos, y le sentamos en una butaca. Á todo esto el ladrón no había pronunciado una palabra.

«Entonces Soireul, que tenía la borrachera solemne, se volvió hacia nosotros y nos dijo:

«—Ahora, juzguemos á ese miserable.

«Yo estaba tan ebrio que la idea me pareció excelentísima.