«Poittevin se encargó de la defensa y yo de sostener la acusación. Fué condenado á muerte por unanimidad, excepción hecha del voto de su defensor.

«Vamos á ejecutarlo» dijo Soireul. Pero inmediatamente, un escrúpulo se apoderó de él. «Este hombre—dijo—no puede morir privado de los socorros de la religión. Creo que deberíamos ir á buscar á un sacerdote».

Yo objeté que era muy tarde; mas como Soireul me propuso para que ejerciese las funciones eclesiásticas, exhorté al criminal para que se confesase conmigo.

«El hombre, que desde hacía cinco minutos nos miraba con espanto preguntándose sin duda con qué clase de seres se las tenía que haber, articuló con voz ronca y quemada por el alcohol: «Sin duda, ustedes bromean». Pero Soireul le obligó á que se arrodillase, y por si sus padres habían olvidado bautizarle, le vertió una copa de ron sobre el cráneo.

«Luego dijo:

«—Confiésate, porque tu última hora ha sonado.

«Aterrorizado, el granuja se puso á pedir socorro dando tales gritos, que fué preciso amordazarle para que no despertase á todos los vecinos. Entonces se tiró al suelo y se arrastró derribando muebles, rompiendo lienzos y retorciéndose como un condenado. Impacientado, Soireul exclamó: «Vamos, acabemos». Y apuntando al miserable que yacía tendido en el suelo, apretó el disparador de su pistola. Cayó el gatillo produciendo un ruido lijero y seco: yo, arrastrado por el ejemplo tiré á mi vez, y mi fusil, que era de piedra, lanzó una chispa que me sorprendió muchísimo.

«Poittevin, pronunció muy gravemente estas palabras:

«—¿Tenemos derecho para matar á ese hombre?»

«Estupefacto, Soireul respondió: