«—¿Y cómo no hemos de tenerlo puesto que le hemos condenado?»

«Pero Poittevin repuso:

—«No se fusila á los paisanos. Este hombre debe ser entregado al verdugo. Vamos á llevarle á la cárcel».

«El argumento nos pareció concluyente: recogimos al hombre, pero como no podía andar le atamos á una tabla y yo le llevé con Poittevin. Soireul, armado hasta los dientes, cerraba la marcha.

«Á la puerta de la comisaría nos detuvo un agente, y el comisario, al que hicieron bajar, nos reconoció; mas como diariamente era testigo de nuestros calaveradas y de nuestras inverosímiles invenciones, se puso á reir y se negó á aceptar al prisionero.

«Soireul insistió, pero entonces el comisario nos invitó severamente á que volviésemos á casa sin hacer el menor ruido.

«La tropa se puso en marcha y volvimos al estudio. Yo pregunté: «¿Y qué hacemos con el ladrón?»

«Poittevin, repentinamente enternecido, afirmó que el pobre hombre debía estar muy cansado. Efectivamente: amordazado y perfectamente atado á la tabla, parecía un muerto.

«Yo me sentí poseído de piedad violenta, y, arrancándole la mordaza, le pregunté: «¡Eh! pobre viejo ¿cómo va?»

«El infeliz gimió: «Diablo, que para broma ya basta». Entonces, Soireul, con paternal ternura rompió sus ligaduras, le obligó á que se sentase, le tuteó, y para reconfortarle nos pusimos á preparar un nuevo ponche. El ladrón, sentado en su butaca, nos contemplaba impasible; y cuando la bebida estuvo á punto, le ofrecimos un vaso y brindamos.