Pero, la aldea entera parecía pertenecer en propiedad á Antonio Macheblé, por mal nombre el Brulote, al que también llamaban Tonico y Tonico-mi-triple, á consecuencia de una frase que empleaba constantemente.

—Mi triple es el primero de Francia.

Su triple era su aguardiente, claro está.

Veinte años hacía que envenenaba á la comarca con su triple, pues cada vez que le preguntaban:

—¿Y qué vamos á beber tío Tonico?

Contestaba invariablemente:

—Un brulote, sobrino; eso calienta la tripa y aclara la cabeza: para el cuerpo no hay nada mejor.

También tenía costumbre de llamar á todo el mundo sobrino, por más que jamás hubiese tenido hermanos ni hermanas casados.

Y todo el mundo conocía á Tonico el Brulote, el hombre más gordo del cantón y tal vez de todo el distrito. Su casita parecía ridículamente pequeña y estrecha para contenerle, y cuando se le veía de pie ante su puerta, donde pasaba días enteros, la gente se preguntaba cómo se las componía para entrar en ella. Y en ella entraba cada vez que se presentaba un consumidor, pues Tonico-mi-triple estaba invitado por derecho propio á tomar su copita por cuenta de cuantos entraban á beber en su casa.

La muestra de su establecimiento decía: «La reunión de los amigos», y, efectivamente, lo era, pues el tío Tonico tenía amistad con todos los habitantes de la comarca. Para verle y reirse oyéndole, iban desde Fecamp y Montivilliers, pues aquel hombre gordo era capaz de hacer reir hasta á las mismas piedras. Tenía un modo tan especial de bromear con la gente sin ofenderla nunca, de guiñar los ojos para expresar lo que no decía, y de darse palmadas de los muslos, que en sus accesos de alegría obligaba á todo el mundo á reirse. Y además, sólo verle beber era curiosísimo. Bebía cuanto le ofrecían y bebía de todo con risible alegría en sus ojos cargados de malicia, alegría causada por la doble satisfacción de regalarse gratis, y además, amontonar cuartitos.