Los burlones del país le preguntaban:

—Tío Tonico ¿por qué no se bebe la mar?

Á lo que él respondía muy seriamente:

—Porque hay dos cosas que se oponen: primera, que es salada, y segunda porque tendría que embotellarla pues mi abdomen no me permite doblarme lo suficiente para beber en esa taza.

Pero lo mejor era ver cómo se peleaba con su mujer. Era una comedia tan extraordinaria, que se hubiera pagado con gusto para presenciarla. Treinta años hacía que estaban casados y se peleaban todos los días, pero, con la diferencia que, mientras ella lo tomaba en serio, Tonico lo tomaba á broma. Ella era una campesina enorme que andaba con movimientos de pájaro zancudo y levantaba la cabeza como un gato montés furioso. Pasaba el tiempo criando gallinas en un patio situado detrás de la taberna, y tenía fama por el modo que tenía de cebar las aves.

Cuando en Fecamp se daba una comida en casa de gente de la alta, para que la comida se celebrase preciso era que en ella se sirviese á un pensionista de la tía Tonica.

Pero, había nacido de mal humor y nunca estaba contenta. Furiosa contra el mundo entero, al primero que guardaba rencor era á su marido; y le guardaba rencor por su alegría, por su fama, por su salud, y por su habilidad para tratar á la gente. Le trataba de sinvergüenza porque ganaba dinero sin trabajar, porque comía y bebía como diez, y no pasaba día sin que dijese:

—Un hombre así ¿no estaría mejor en la pocilga con los cerdos? Sólo al ver su grasa se revuelve el estómago.

Y no se ocultaba para decirle:

—Espera, espera un poco que ya veremos lo que sucederá. El día menos pensado revientas como un triquitraque.