Tonico se reía con toda la boca, y dándose palmadas en el vientre contestaba:

—Procura engordar así á tus gallinas, y ya verás como te va bien.

Y arremangándose una manga enseñaba su enorme brazo, añadiendo:

—Ahí tienes un buen alón, ahí lo tienes.

Y los parroquianos, sin poderse tener de risa, daban puñetazos á la mesa, patadas al suelo, y en el delirio de su alegría escupían por el colmillo.

La vieja, enfurecida, repetía:

—Espera, espera un poco que ya veremos lo que sucederá. El día menos pensado revientas como un triquitraque...

Y acompañada por las carcajadas de los bebedores se marchaba rabiosa.

Con efecto, ver á Tonico tan gordo, colorado y macizo, sorprendía. Era uno de esos seres enormes en los cuales parece que la muerte se divierte con astucias, alegrías y bufonadas pérfidas, haciendo irresistiblemente cómico su trabajo de destrucción. En vez de aparecerse como á los demás seres, anunciándose por medio de los cabellos blancos, de la delgadez, de las arrugas, del agotamiento constante que hace exclamar «¡Diantre y cómo ha cambiado!» parecía complacerse engordando á Tonico, engordándole hasta el extremo de hacerle monstruosamente cómico, iluminándole de rojo y azul, haciéndole soplar y dándole apariencias de salud sobrehumana. Y las deformaciones que inflige á los seres, en vez de ser siniestras y lastimosas, en él eran risibles, extravagantes y divertidas.

—Espera, espera un poco—repetía la tía Tonica;—ya veremos lo que sucederá.