II
Y sucedió que Tonico quedó imposibilitado á consecuencia de un ataque de parálisis. Acostaron al coloso en una alcobita junto al café, á fin de que pudiese oir cuanto se dijese y charlar con los amigos, pues su cabeza se conservaba sana mientras su cuerpo, un cuerpo enorme, imposible de mover ni de levantar, estaba condenado á inmovilidad absoluta. En los primeros tiempos se creyó que las piernas recobrarían algunas fuerzas, pero esa esperanza no tardó en desvanecerse, y Tonico-mi-triple pasó los días y las noches en su cama, que sólo se hacía una vez por semana, y eso con la ayuda de cuatro vecinos que levantaban al tabernero, cogiéndole por los cuatro remos, mientras volvían y sacudían el jergón y los colchones.
Y á pesar de todo, conservaba su alegría, pero era distinta, más tímida, más humilde, sintiendo temores de niño ante su mujer, la cual pasaba los días quejándose.
—Ahí está, ahí está—decía;—ese gandul, ese sinvergüenza, ese borracho, ahí está. Buena, buena la has hecho.
Él no contestaba, contentándose con guiñar los ojos cuando la vieja volvía la espalda. Por lo demás, no podía hacer ningún otro movimiento.
Su mayor distracción consistía en escuchar lo que se decía en el café y en dialogar desde la cama con los amigos cuyas voces reconocía:
—¡He, sobrino!—gritaba,—¿eres tú, Celestino?
Y Celestino Maloisel respondía:
—Yo soy, tío Tonico. ¿Cuándo galoparás borricote?
—Galopar, todavía no; pero no adelgazo y la tripa no va mal.