No tardó en hacer que sus íntimos entrasen en la habitación y le hiciesen compañía por más que al ver que bebían sin él se desesperaba. Y repetía constantemente.
—Mi yerno, eso de no poder saborear mi triple me llega al alma. Lo demás me importa un pepino, pero eso de no beber...
Entonces la cabeza de gato montés de la vieja aparecía en la ventana y decía á gritos:
—Ahí lo tenéis, ahí lo tenéis, á ese sinvergüenza al cual es preciso dar de comer, lavar y limpiar como á un cerdo.
Y cuando la vieja había desaparecido, sucedía con frecuencia que un gallo con plumas rojas se asomaba á la ventana, miraba con sus ojos redondos y curiosos lo que pasaba en el interior de la habitación, y soltaba un sonoro ki-ki-ri-ki. Y á veces también una ó dos gallinas volaban hasta los pies de la cama buscando las migas esparcidas por el suelo.
Los amigos de Tonico-mi-triple abandonaron pronto la sala del café para hacer tertulia alrededor del lecho del paralítico, pues aun enfermo como estaba, todavía les hacía reir. El maldito hubiera hecho desternillar al mismo diablo. Entre ellos había tres que acudían diariamente: Celestino Maloisel, alto, delgado, y un poco torcido como el tronco de un manzano; Próspero Horslaville, delgadito, bajo, con nariz de hurón y astuto como una zorra, y Cesáreo Paumelle que aun cuando no hablaba nunca no por esto dejaba de divertirse.
Traían una tabla del patio, la apoyaban en la cama, y allí jugaban partidas de dominó que á veces duraban desde las dos hasta las seis de la tarde.
Pero, la vieja Tonica llegó á mostrarse insoportable y no podía tolerar que su marido continuara divirtiéndose y jugase al dominó desde la cama; así que, cada vez que veía una partida empezada, se ponía furiosa, tiraba la tabla, cogía las fichas y se las llevaba al café, diciendo que ya era bastante eso de dar de comer á aquel gordo cebón que no hacía nada, ni para nada servía, para tener que soportar aún que se divirtiese y burlase de los que pasaban el día trabajando.
Celestino Maloisel y Cesáreo Paumelle inclinaban la cabeza, pero Próspero Horslaville provocaba á la vieja y se divertía enfureciéndola.
Un día, viéndola más exasperada que de costumbre, la dijo: