—¡He, tía Tonica! ¿Sabe usted lo que yo haría si me encontrase en su lugar?

Ella, clavando en su interlocutor sus ojos de lechuza, esperó á que se explicase.

—Pues—añadió—como su hombre parece un horno, le haría empollar huevos.

La vieja se quedó estupefacta pensando que se burlaban de ella y fijándose en la cara pequeña y astuta del labrador, quien agregó:

—Le pondría cinco bajo un brazo, cinco bajo otro, y lo haría el mismo día que pusiera á empollar la clueca. Nacerían á un tiempo, y cuando los polluelos hubiesen roto el cascarón, se los daría á la gallina para que los criase. Y sería un negocio.

La vieja, desconfiando, preguntó:

—¿Eso puede ser?

—¡Ya lo creo que puede ser! ¿Por qué no ha de poder ser? Del mismo modo que se empollan huevos en una caja caliente, se pueden empollar en una cama.

Esta explicación le pareció muy razonable y se fué pensativa y tranquila.

Ocho días más tarde entró en la habitación de Tonico con el delantal lleno de huevos. Y le dijo: