Cuando sus amigos llegaron creyeron que estaba muy mal, tan inquieto y molesto parecía.

Luego jugaron la partida diaria; pero Tonico, á juzgar por la lentitud y las precauciones con que extendía la mano para coger las fichas, debía divertirse muy poco.

—¿Te han amarrado el brazo?—le preguntó Horslaville.

—Parece que tengo un peso en el hombro,—respondió Tonico.

De pronto, alguien entró en el café y los jugadores callaron.

Eran el alcalde y su secretario, que pidieron dos copitas de triple y se pusieron á hablar de cosas del país, y como conversaban en voz baja Tonico se quiso enterar de lo que decían, y olvidándose de los huevos hizo un movimiento brusco para pegar la oreja á la pared. Y se echó sobre una tortilla.

Por el taco que soltó, la vieja adivinó el desastre y lo descubrió; primero quedó inmóvil, indignada, demasiado sofocada para hablar ante aquel cataplasma amarillo pegado al costado de su marido.

Luego, temblando de rabia, se lanzó sobre el paralítico y empezó á golpearle el vientre, y sus manos caían una tras otra, con ruido sordo y como si estuviese lavando ropa en la charca.

Los amigos de Tonico reventaban de risa, tosían, estornudaban, daban gritos; mas, el hombre, muy sofocado, paraba prudentemente los ataques de su mujer para no romper los cinco huevos que tenía al otro lado.

III