Tonico fué vencido: tuvo que empollar y que renunciar á las partidas de dominó, renunciando al mismo tiempo á todo movimiento, pues la vieja, cada vez que rompía un huevo, le cortaba los víveres con terrible ferocidad.

Pasaba las horas echado boca arriba, con los ojos fijos en el techo, inmóvil, con los brazos levantados como alas, y calentando con el calor de su cuerpo los gérmenes encerrados en los blancos cascarones.

Hablaba en voz baja como si temiese tanto al ruido como á los movimientos, y se informaba de la rubia que en el gallinero hacía el mismo trabajo que él.

Y le preguntaba á su mujer:

—¿La rubia come por la noche?

Y la vieja iba de las gallinas á su marido obsesionada, poseída por la preocupación de los polluelos que maduraban en el nido y en la cama.

Las gentes del país que conocían la historia, venían, curiosos y muy serios, á informarse del estado de Tonico. Entraban en su habitación andando de puntillas, como se entra en el cuarto de un enfermo, y preguntaban con interés:

—¿Cómo va?

—No va mal, no va mal—respondía Tonico;—pero parece que un regimiento de hormigas se me pasea por la piel.

Ahora bien, una mañana entró su mujer, y con visible emoción le dijo: