—La rubia tiene siete. Había tres huevos malos.
El corazón de Tonico latió con violencia.—Él, ¿cuántos tendría?
Y preguntó:
—¿Será pronto?
—Así lo espero—contestó la vieja, torturada por el temor de un fracaso.
Y esperaron. Los amigos, enterados de lo que debía ocurrir, se mostraban inquietos; de la cosa se hablaba en todas las casas, y la gente se informaba de puerta en puerta.
Á eso de las tres, Tonico se quedó medio dormido, pues pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo. Inusitado cosquilleo debajo del brazo izquierdo le despertó repentinamente, y llevando allí la mano derecha, cogió á un pollito cubierto de vello amarillo que se agitaba entre sus dedos.
Tan grande fué su emoción, que empezó á chillar, y soltó el polluelo que se puso á pasearse por el pecho. El café estaba lleno de gente, los bebedores se precipitaron, invadieron la habitación, formaron círculo alrededor de la cama como suele hacerse alrededor de un saltimbanqui, y la vieja cogió con mil precauciones al animalito, que se había refugiado entre las barbas de su marido.
Nadie hablaba. Era un día de abril, cálido, y por la ventana se oían los cacareos de la clueca llamando á los recién nacidos.
Tonico, que sudaba de emoción, de angustia y de inquietud, murmuró: