—Tengo otro debajo del brazo izquierdo.
Su mujer metió en la cama su descarnada mano y, con precauciones de comadrona, sacó á la luz el segundo polluelo.
Los vecinos quisieron verlo, y todos se fijaron en él tan atentamente como si se tratase de un fenómeno.
Durante veinte minutos no nació ninguno, pero luego salieron cuatro á un tiempo.
Aquello provocó una tempestad de rumores, y Tonico, satisfecho con su éxito, sonrió enorgullecido por su extraña paternidad. Al fin y al cabo, lo que hacía no se había visto hasta entonces... ¡Qué casta de hombre!
—¡Seis! ¡Santo Dios, qué bautizo!—gritó.
Los presentes soltaron la carcajada. EL café estaba lleno, y ante la puerta esperaba mucha gente. Todos preguntaban:
—¿Cuántos hay?
—¡Hay seis!
La tía Tonica llevaba á la clueca su nueva familia, y la gallina cocleaba á más no poder, erizaba las plumas y extendía sus alas para abrigar á su creciente prole.