—¡Uno más!—gritó Tonico.
Pero se había equivocado, ¡eran tres! Aquello fué un triunfo... El último rompió el cascarón á las siete. ¡Todos los huevos eran buenos! Y Tonico, enloquecido por el contento, libre y feliz, besó al animalito, al que por poco ahoga entre sus labios. Quiso guardarle con él, en su propia cama, hasta el día siguiente; pero la vieja se lo llevó, como se había llevado á los demás, sin hacer caso de las súplicas de su marido.
Los asistentes, encantados, se fueron hablando del suceso, y Horslaville, que se quedó el último, preguntó:
—Di, tío Tonico, ¿me convidas á comer el primero?
Al oir la palabra comida, el rostro de Tonico se iluminó, y dijo:
—Pues ya lo creo que te convido, sobrino, faltaría más...
LOS PRISIONEROS
En el bosque no se oía más ruido que el ligero murmullo de la nieve al caer sobre los árboles. Y la nieve había estado cayendo todo el día; una nieve finísima que envolvía las ramas con tenue y helada espuma, que tendía sobre las hojas muertas de la espesura ligero techo de plata, y por los caminos inmensa y blanca alfombra iba haciendo más profundo el imponente silencio de aquel océano de árboles.
Delante de la puerta de la casa de campo, una mujer joven, con los brazos desnudos, colocaba leña sobre una piedra y luego la partía á hachazos. Era alta, delgada y fuerte, mujer de los bosques, hija y esposa de guardas campestres.
Desde el interior de la casa, una voz gritó: