—Berta, esta noche nos quedamos solas y es preciso que cerremos, pues por estos alrededores tal vez vaguen lobos y prusianos.

La leñadora respondió hendiendo un tronco á hachazos, y á cada movimiento que hacía para levantar los brazos erguía el esbelto busto.

—Ya he concluido, mamá, ya he concluido, y no tema nada, pues aún es de día.

Luego recogió la leña y las astillas que amontonó junto á la chimenea, volvió á salir para cerrar los postigos, unos postigos de encina enormes, y entró, corriendo los pesados cerrojos.

Su madre, una vieja arrugadita que los años hacían miedosa, hilaba junto á la lumbre.

—No me gusta que salgas cuando padre está fuera. Dos mujeres no son gran cosa.

La joven respondió:

—Lo mismo mataría á un lobo que á un prusiano.

Y clavó los ojos en un gran revólver que estaba colgado junto al hogar.

Su marido había sido incorporado al ejército en los comienzos de la invasión prusiana, y las dos mujeres se habían quedado solas con el padre, el viejo guarda Nicolás Pichón, llamado el Zancudo, que obstinadamente se había negado á abandonar su morada para encerrarse en la ciudad.