La población más próxima era Rethel, antigua plaza fuerte enclavada sobre una roca. Allí se era patriota, y los burgueses habían decidido resistir á los invasores, encerrarse, y sostener un sitio como las tradiciones de la ciudad exigían. Dos veces ya, bajo los reinados de Enrique IV y de Luis XIV, los habitantes de Rethel se habían cubierto de gloria con defensas heroicas, y ¡qué diablo! pues harían lo mismo ó les quemarían vivos dentro de sus murallas.
Así, pues, habían comprado cañones y fusiles, equipado milicias, formado batallones y compañías, y se pasaban los días haciendo el ejercicio en la plaza de Armas. Todos, panaderos, tenderos de ultramarinos, carniceros, notarios, procuradores, carpinteros, libreros y farmacéuticos, maniobraban por turno, á horas fijas y regulares, bajo las órdenes de Lavigne, antiguo alférez de dragones que se había casado con la hija de Ravaudan, cuya tienda de mercería había heredado.
Él mismo se había nombrado comandante mayor de la plaza, y como todos los jóvenes se habían ido á las filas, había echado mano á los otros y hacía que se preparasen para la resistencia. Los gordos iban siempre por la calle á paso gimnástico con objeto de que su grasa se fundiese y cobrar mayor aliento, y los débiles transportaban pesados bultos para fortificar sus músculos.
Y, aun cuando esperaban á los prusianos, los prusianos no parecían. Sin embargo, no debían de estar muy lejos, pues dos veces los exploradores habían llegado hasta la casa de Nicolás Pichón, alias el Zancudo.
El viejo guarda, que era más ligero que una ardilla, había dado aviso á la ciudad, donde, aunque dispusieron los cañones, no llegaron á ver al enemigo.
La morada del Zancudo servía de puesto de avanzada en el bosque de Aveline. Y el hombre iba á la ciudad dos veces por semana para hacer provisiones y daba, á los burgueses allí encerrados, noticias del campo.
Aquel día había salido para anunciar que, la víspera, un pequeño destacamento de infantería alemana había hecho alto en su casa á eso de las dos, volviendo á marcharse en seguida. Y anunció también que el sargento que lo mandaba hablaba francés perfectamente.
Cuando el viejo salía de noche, se llevaba á sus dos perros, dos mastines enormes con cabeza de león, pues temía á los lobos que empezaban á mostrarse feroces, y dejaba á las dos mujeres, recomendándoles que se encerrasen antes que fuese de noche.
La joven no conocía el miedo, pero la vieja temblaba por cualquier cosa y no hacía más que repetir:
—Todo eso acabará mal, ya veréis como acabará mal.