Y aquella noche, sin saber por qué, estaba más inquieta que de costumbre.

—¿Sabes á qué hora volverá tu padre?—preguntó.

—Lo más pronto á las once. Cuando come en casa del comandante siempre vuelve tarde.

Y puso el puchero en la lumbre para hacer la sopa y se quedó inmóvil, pues había oído un ruido sospechoso.

Y murmuró:

—Alguien anda por el bosque y lo menos son siete.

La vieja, asustada, cesó de hilar.

—¡Dios Santo! Y tu padre que no está...

Aún no había concluido de hablar cuando violentos golpes hicieron retemblar la puerta.

Como las mujeres no contestaban, una voz gutural y fuerte gritó: