—¿Qué vienen á hacer á estas horas?

El sargento respondió:

—Estoy perdido, completamente perdido, y he reconocido la casa. Desde por la mañana no he comido nada ni mi destacamento tampoco.

—Es que esta noche estoy sola con mi madre.

El soldado, que parecía un buen hombre, dijo:

—No importa. Yo no les haré ningún daño y ustedes nos darán de comer. Nos morimos de hambre y de cansancio.

La mujer dejó el paso libre diciendo:

—Entren.

Y entraron, cubiertos de nieve, llevando en los cascos una especie de crema espumosa que les daba cierta semejanza con los merengues: y parecían lacios, extenuados.

La mujer les señaló los bancos de madera que estaban junto á la gran mesa.