—Siéntense—les dijo.—Voy á hacerles una sopa, pues verdaderamente parece que no podéis más.

Y añadió agua al puchero, echó más manteca y más patatas, y cortando la mitad del tocino que estaba colgado junto á la chimenea, la metió en el caldo.

Los seis hombres seguían ansiosamente sus movimientos, dejaron los cascos y los fusiles en un rincón, y esperaron sin moverse, quietos y callados como chicos en los bancos de la escuela.

La madre se había puesto á hilar, clavando miradas llenas de terror en los soldados invasores. Y no se oía más ruido que el ligero zumbido de la rueca, los chasquidos de la leña y el murmullo del agua que hervía.

Pero de pronto, extraño ruido hizo que todos se estremeciesen; algo como un ronquido, ronquido de bestia fuerte y poderosa que hubiese estado junto á la puerta.

El sargento alemán se puso junto á los fusiles de un salto, pero la mujer, sonriendo, le contuvo con un gesto:

—Son los lobos—le dijo,—que hacen como ustedes. Vienen hasta aquí porque tienen hambre.

El hombre, incrédulo, quiso ver, y en cuanto hubo abierto la puerta distinguió dos grandes bestias grises que huían rápidamente.

Y volvió á sentarse murmurando:

—Nunca lo hubiese creído.