Cuando la sopa estuvo á punto, la comieron vorazmente, abriendo las bocas hasta las orejas para engullir más, con ojos redondos que se abrían al mismo tiempo que las mandíbulas, y con ruido de gargantas semejantes á los de las canales.
Las dos mujeres, mudas é inmóviles, contemplaban los rápidos movimientos de aquellas barbas rojas por las que las patatas desaparecían como entre vellones oscilantes. Cuando hubieron comido, y como tenían sed, la joven fué á buscarles sidra al cillero. En él estuvo largo rato: estaba en una cueva abovedada que, según se decía, había servido de cárcel y de escondrijo durante la revolución. Y á él se bajaba por una escalerilla de caracol que al fondo de la cocina cerraba recia trampa.
Cuando Berta reapareció reía sola, y rió maliciosamente, al dar á los alemanes un gran jarro de bebida.
Luego cenó con su madre, al otro extremo de la cocina.
Los soldados habían concluido de comer, y los seis se dormían alrededor de la mesa. De tiempo en tiempo una cabeza caía con ruido sobre la madera, y el hombre, bruscamente despertado, erguía el busto.
Berta dijo al sargento.
—Échense delante de la lumbre, que hay bastante sitio para seis. Yo me voy arriba con mi madre.
Y las dos mujeres subieron al primer piso. Oyóse que daban doble vuelta á la llave, que andaban y se movían, y luego no se oyó nada más.
Los prusianos se extendieron en el suelo, metiendo casi los pies en la lumbre, apoyando la cabeza en las arrolladas mantas, y los seis no tardaron en roncar con tonos diversos, agudos ó sonoros, pero continuos y formidables.
Largo rato hacía que dormían, cuando sonó un tiro, un tiro fuertísimo que cualquiera hubiese creído disparado á las mismas puertas de la casa, y luego dos nuevas detonaciones estallaron y fueron seguidas de otras tres. Los soldados se pusieron en pie de un salto.