La puerta del primer piso se abrió bruscamente, y Berta apareció descalza, en camisa, cubiertas las piernas con una enagua corta, con una vela en la mano, y con el rostro descompuesto. Dirigiéndose al sargento balbució:

—Ahí están los franceses y lo menos vienen doscientos. Si les encuentran aquí quemarán la casa. Bajen á la bodega y no hagan ruido, pues si les descubren estamos perdidos.

El sargento, medio dormido y muy asustado, murmuró:

—Muy bien, muy bien: ¿por dónde hay que bajar?

La mujer levantó precipitadamente la trampa y los seis hombres desaparecieron por la escalerilla, hundiéndose en el suelo uno tras otro, ó bajando de espalda para tantear los escalones con el pie.

Pero, en cuanto la punta del último casco hubo desaparecido, Bertina dejó caer la pesada plancha de encina, gruesa como un muro, dura como el acero, que mantenían goznes y cerradura de calabozo, y dando dos vueltas á la llave se puso á reir con risa silenciosa y satisfecha, sintiendo deseos locos de ponerse á bailar sobre las cabezas de sus prisioneros.

Encerrados allí dentro como en sólida caja de piedra que recibía el aire por un tragaluz cerrado con gruesos barrotes de hierro, ni siquiera se movían.

Berta echó leña á la lumbre, volvió á colocar el puchero, y empezó á hacer sopa murmurando:

—Esta noche padre vendrá cansado.

Luego se sentó y esperó. Solamente el sonoro péndulo del reloj interrumpía el silencio con su tic-tac regular.