Y de cuando en cuando Berta fijaba en la esfera una mirada impaciente que parecía decir:

—Eso no anda de prisa.

Pronto le pareció oir que murmuraban á sus pies, y confusamente llegaron hasta ella, á través de la bóveda de la bodega, palabras pronunciadas en voz baja. Los prusianos empezaban á comprender la treta, y el sargento, subiendo la escalerilla, golpeó la trampa diciendo:

—Abrid.

Ella contestó imitando su acento:

—¿Qué quiere usted?

—Abra.

—Pues no abro.

El hombre se enfureció.

—Abra ó rompo la puerta.