Ella soltó una carcajada y dijo.

—Rompa, rompa si puede.

Con la culata de su fusil, el prusiano empezó á golpear la gruesa plancha de encina que se cerraba sobre su cabeza; pero fué inútil, hubiera resistido los golpes de una catapulta.

Bertina le oyó bajar y los soldados vinieron luego, uno tras otro, á ensayar su fuerza y á inspeccionar la cerradura; pero convencidos de la inutilidad de sus tentativas, bajaron todos á la bodega y se pusieron á hablar.

La joven les estuvo oyendo un rato; después abrió la puerta que daba al campo y escuchó atentamente.

Un ladrido lejano llegó á sus oídos. Silbó como hubiera podido hacerlo un cazador, y casi al mismo tiempo dos enormes perros surgieron de la sombra y corrieron hacia ella. Les sujetó cogiéndoles por el cuello y con todas las fuerzas de sus pulmones gritó:

—¡Eh! Padre.

Una voz, muy lejana todavía, respondió.

—¡Berta!

Ella esperó algunos segundos y repitió: