El viejo, siempre grave, preguntó:

—Y ahora ¿qué vamos á hacer?

—Pues irás á buscar al señor Lavigne y á su tropa para que les haga prisioneros. Poco contento que se pondrá.

El viejo Pichón sonrió.

—Vaya si estará contento.

—Tienes sopa preparada—le dijo su hija.—Cómela pronto y vete.

El viejo se sentó á la mesa, y después de haber llenado dos platos para los perros, comió él.

Los prusianos, al oir hablar, habían callado.

El Zancudo se marchó un cuarto de hora después, y Berta, sentada junto á la lumbre, esperó.

Los prisioneros se agitaban de nuevo, y gritaban y llamaban dando furiosos culatazos á la inconmovible trampa.