Luego empezaron á disparar por el tragaluz, esperando sin duda que si algún destacamento alemán pasaba por allí cerca les oiría.
Berta no se movía; pero el ruido aquel la impacientaba y la irritaba. Furiosa cólera despertaba en ella, y para hacerles callar les hubiera asesinado.
Luego, como su impaciencia crecía por momentos, clavó los ojos en el reloj y se puso á contar los minutos.
Hacía hora y media que su padre se había marchado y ya debía estar en la ciudad. Le parecía que le estaba viendo. Le contaba la cosa al señor Lavigne, que palidecía de emoción y llamaba á su criada para que le diese el uniforme y las armas. Oía el tambor que redoblaba y veía las caras asustadas que se asomaban á las ventanas. Y los soldados ciudadanos salían de sus casas á medio vestir, y á paso de carga corrían hacia la morada del comandante.
Luego, la tropa, con el Zancudo al frente, se ponía en marcha y, por caminos cubiertos de nieve, llegaba al bosque.
Berta, mirando al reloj, se decía: «Dentro de una hora pueden estar aquí».
Nerviosa impaciencia se había apoderado de ella, y los minutos le parecían interminables. ¡Cuán largo era el tiempo!
Al fin llegó la hora que ella había marcado para la llegada, y abrió otra vez la puerta para oirles venir. Distinguió una sombra que avanzaba cautelosamente, tuvo miedo, y gritó. Era su padre.
—Me envían—dijo éste—para saber si ocurre algo nuevo.
—No, nada.