Entonces dió un silbido estridente y prolongado, y no tardó en distinguirse una mancha obscura que avanzaba lentamente bajo los árboles: era la vanguardia, compuesta por diez hombres.

El Zancudo repetía á cada instante:

—No paséis por delante del tragaluz.

Y los que habían llegado primero enseñaban á los otros el tragaluz tan temido.

Al fin llegó el grueso de la tropa que en junto se componía de doscientos hombres, cada uno de lo cuales llevaba doscientos cartuchos.

Lavigne, agitado y nervioso, los dispuso de manera que cercasen la casa por todas partes, dejando un espacio libre ante el negro agujero practicado á ras del suelo, por donde entraba el aire en la cueva.

Luego entró en la morada, se informó de las fuerzas y disposiciones del enemigo, que tan mudo estaba, que se le hubiera creído desvanecido, desaparecido por el tragaluz.

Lavigne golpeó la trampa con el pie y gritó:

—Señor oficial prusiano...

El alemán no respondió, y el comandante reiteró: