—Señor oficial prusiano...

El mismo silencio. Por espacio de veinte minutos estuvo requiriendo al silencioso oficial para que se le rindiese con armas y municiones, garantizándole la vida á él y los suyos, y prometiéndole los honores militares; pero no logró ningún signo ni de aquiescencia ni de hostilidad. La situación era cada vez más difícil.

Los soldados ciudadanos zapateaban en la nieve, cruzábanse de brazos y pegábanse en los hombros para calentarse como lo hacen los cocheros, y todos se fijaban en el tragaluz con grandes y pueriles deseos de pasar por delante.

Uno de ellos, llamado Potdevin, que era muy ágil, se atrevió al fin, y tomando impulso pasó corriendo como un ciervo. Los prisioneros parecían muertos.

Una voz gritó:

—No hay nadie.

Y otro soldado cruzó el espacio libre, pasando por delante del peligroso agujero. Á partir de entonces aquello fué un juego. Á cada minuto un hombre se lanzaba, pasaba de un grupo á otro, como los chicos cuando juegan al marro, y con tal presteza movían los pies que la nieve saltaba por los aires. Para calentarse habían encendido grandes hogueras, y el perfil de los guardias nacionales se iluminaba cuando pasaban rápidamente del campo de la derecha al de la izquierda.

Alguien gritó:

—Á ti te toca, Maloison.

Maloison era un panadero tremendo, cuyo vientre enorme hacía reir á sus compañeros.