El pobre vacilaba, pero como se burlaron de él se decidió á ponerse en camino, marchando con paso gimnástico, regular y sacudido.
Todo el destacamento reía á carcajadas; y para animarle gritaban:
—Bravo, bravo, Maloison.
Habría recorrido las dos terceras partes del trayecto, cuando un fogonazo rojo salió por el tragaluz, se oyó una detonación, y el enorme panadero cayó de cara, dando un grito espantoso.
Nadie corrió á socorrerle, y se le vió que se arrastraba á gatas por la nieve, gimiendo y quejándose, y cuando hubo salido del mal paso se desmayó.
Había recibido un balazo en la parte alta del muslo, en lo blando.
Pasado el primer momento de sorpresa y de espanto, las risas sonaron de nuevo; pero el comandante Lavigne, que acababa de organizar su plan de ataque, apareció en el umbral de la casa del guarda. Con voz vibrante gritó:
—Á ver, que venga el plomero Planchut con sus obreros.
Tres hombres se acercaron.
—Arrancad los canalones de la casa.