Y un cuarto de hora después el comandante disponía de veinte metros de tubos y canalones de zinc.

Entonces, y con mil prudentes precauciones, hizo practicar un agujerito redondo al borde de la trampa, y organizando un conducto de agua desde la bomba del patio hasta de la abertura, dijo con satisfacción:

—Vamos á ofrecer un trago á los señores alemanes.

Estalló un grito frenético de admiración al que siguieron juramentos, chillidos de alegría y sonoras carcajadas. El comandante organizó dos pelotones de trabajo, que se habían de relevar de cinco en cinco minutos, y ordenó:

—¡Á la bomba!

El volante de hierro fué puesto en movimiento, y un ruido ligero se deslizó á lo largo de los tubos y bajó á la cueva cayendo de escalón en escalón con murmullo de cascada, de esas cascadas de rocas en las que se crían pececillos colorados.

Esperaron.

Pasó una hora, pasaron dos, tres...

El comandante se paseaba por la cocina, muy nervioso y agitado, pegando de tiempo en tiempo la oreja al suelo y procurando adivinar lo que el enemigo hacía y preguntándose si capitularía pronto.

Y el enemigo se movía, pues se le oía remover barricas, hablar y chapotear.