Á eso de las siete de la mañana, por el tragaluz salió una voz que dijo:
—Quiero hablar con el oficial francés.
Lavigne, desde la ventana y sin adelantar mucho la cabeza, respondió:
—¿Se rinde usted?
—Me rindo.
—En este caso, vengan los fusiles.
Por el agujero salió un arma, luego otra y otra hasta que la misma voz declaró:
—No hay más. Dense prisa que me ahogo.
Entonces él comandante ordenó:
—Basta.