Á lo lejos se ve un pueblo con blancas cimas, desiguales, aplastadas ó puntiagudas, y brillando todas al sol; luego Misehabel con sus dos cuernos, Wissehorn, mole enorme, Brunnegghorn, la alta y temible pirámide de Cervin, y la montaña del Diente Blanco, esa coqueta monstruosa.

Luego, por debajo de ellos, en un agujero inmenso, en el fondo de un abismo terrible, distinguen Loëche, cuyas casas semejan granos de arena lanzados en esa grieta enorme que acaba y cierra el Jemmi y que á lo lejos abre el Ródano.

Junto á un sendero que avanza serpenteando con innumerables vueltas y rodeos, fantástico y maravilloso, desde lo alto de la enhiesta montaña hasta la pequeña población que casi invisible se extiende á sus pies, detienen la mula y las mujeres echan pie á tierra.

Los dos viejos se han unido á ellas.

—¡Vaya!—dice Hauser—adiós y buena suerte. Hasta el año próximo.

El viejo Hari repite:

—Hasta el año próximo.

Y se besan. Luego, la esposa de Hauser le ofrece las mejillas y la joven hace lo mismo.

Cuando le toca el turno á Ulrico Kunsi, murmura al oído de Luisa: «No olvide á los que se quedan aquí arriba». Y ella contesta un «no» tan débil, que más que oirlo lo adivina.

—Adiós—repite Juan Hauser,—adiós y salud.