Cerré sin pérdida de momento la gruesa hoja de encina, me puse los pantalones, bajé al perro por la ventana valiéndome de una cuerda que construí arrollando las sábanas; tiré luego mis ropas, la escopeta y el zurrón, y bajé como el perro había bajado.

Entonces, me puse á gritar con todas las fuerzas de mis pulmones:

—¡Cavalier! ¡Cavalier!

Pero el guarda no despertaba... El viejo gendarme dormía á puños cerrados.

Entretanto, por las ventanas de la planta baja pude notar que aquello parecía un horno ardiendo, y me convencí de que, para facilitar el incendio, habían llenado la cocina de paja.

¡Alguien había prendido fuego al Pabellón!

Y furiosamente grité de nuevo:

—¡Cavalier!

Pensando que tal vez el humo le asfixiaba, tuve una inspiración feliz; metí dos cartuchos en la escopeta, apunté á su ventana, y disparé.

Los seis cristales volaron hechos añicos, y el viejo, que había oído el tiro, se asomó en camisa, medio loco y cegado por el vivísimo resplandor que iluminaba la parte delantera de su morada.